© Historias que me cuento - 2019

Costa Alegre

Intentará prender la lámpara, pero recordará que el bombillo está fundido y se reprochará por no haberlo cambiado. Se reprochará por no tener las pantuflas bajo la cama, en el puesto, donde debían estar, cuando se encuentre en cuatro patas mirando las motas de polvo, tanteando con la mano izquierda y una se le quede pegada en la mano. Despreciará a Carla por no limpiar nunca bajo la cama, por pasar la escoba solo por las esquinas, por cepillarse los dientes una sola vez al día, por oler a sudor los domingos en la mañana y tener la desfachatez de ponerle las axilas en la cara. ¿Era la misma niña que un día le había traído llorando un peluche que se estaba muriendo porque se le había caído la cola? Seguro sí, pero ya no era una niña, lo sabía porque ahora, cada vez que le hablaba solo deseaba gritarle: «¿Y tú cuando es que te vas a conseguir un trabajo?, ¿cuándo vas a dejar de dormir hasta las once y llegar a las tres?».

Tendrá sed, pero desistirá de ir a la cocina. Demasiado frío, pensará mientras mira las ventanas empañadas de madrugada. Prenderá el televisor y hará zapping hasta que sienta que los ojos le pesan, lo apagará y en la oscuridad se encontrará con más ánimos que nunca. Intentará: llamar el sueño, hacer roña, contar hasta cien, resolver el problema con la importación desde China que aún la espera en el escritorio, rezar. Todo será en vano.

Mirará el reloj del celular: 2:30 am.

Se levantará, prenderá la luz y con una camisa hecha un rollo en la mano intentará matar zancudos. Pasará así una media hora hasta que el brazo le duela y sienta frío. Dejará la luz prendida e intentará pensar en Andrés y cómo la miraba cuando entró en la sala de juntas. Meterá las manos dentro de su tanga, pero no podrá traer la cara del muchacho a su memoria, no podrá ni siquiera recordar si tiene barba o no, si tiene gafas o no, si tiene cara o no. Cancelará la misión y mirará hacia la habitación de Carla un buen rato. Es que ya tenía veintitrés años, ¿qué hacía todo el día en la casa?

Deseará tener un buen problema con el cual desvelarse, pero no tendrá ningún chisme en qué pensar, no tendrá un marido al cuál celar y Carla ni siquiera será una hija drogadicta a la cual solucionarle la vida. Ser vaga tampoco era un delito, era solo cuestión de hablarle. Julia dará vueltas en su cama enrollándose en las cobijas hasta parecer un burrito.

Dentro de unas cinco horas tendrá una junta con el doctor Ramírez y se tendrá que ver regia. Mirará el closet y sabrá qué es lo que debe hacer. Se parará y lo abrirá:

  • 15 camisas

  • 4 faldas tubo

  • 10 pantalones

  • 30 blusas

  • 5 pares de zapatos

Se sentará al borde la cama, emocionada. Tendrá la sensación de tener 9 años y estar corriendo mientras juega escondidas. Querrá gritar, saltar y reírse, pero solo se dará unos golpecitos en las piernas, como calentando para un dar un salto de longitud en los Olímpicos. Ahora sí la cosa se pondría interesante.

Empezará por los zapatos. Descartará tenis y baletas: tendría que irse por todo lo alto, así que estaba entre los tacones negros o las botas cafés. Se angustiará, ¿cómo es posible que Dios le hiciera tomar una decisión tan difícil?, ¡era muy injusto! Respirará profundo. Como decía su tía Marina: «los zapatos son siempre lo último, se empieza de arriba hacia abajo».

Mirará las camisas. Descartará las rojas porque no quiere que los principiantes tengan la impresión equivocada y la de rayas blancas con negro porque eso le acarrearía un sobrenombre para el resto del año. Eso dejará unas diez para elegir. La negra de encaje era muy reveladora, pero no tanto como la blanca transparente, aunque mucho más que la verde con boleros en las mangas. Toma una gris satinada, una magenta de algodón y una blanca de seda. Iba a demostrarles de lo que estaba hecha. Las tomará y las dejará sobre la cama, ordenadas por fecha de compra. Iba a demostrarles que ese ascenso no había sido por darle un buen oral al doctor Ramírez.

En definitiva, una falda sería la mejor opción (sus piernas siempre habían sido su arma secreta) lo malo era que tendría que decidirse por cuál usar y todas le encantaban: la morada la hacía ver joven, pero la negra le daba un aire más sofisticado. La gris la hacía ver intelectual, pero la azul la mostraba como una mujer decidida.

―Matemáticas básicas. Sí, señor ―dirá mientras toma las cuatro faldas tubo y las coloca sobre la cama, al lado de las blusas y justo encima de los tacones.

Camisa gris + falda morada + botas cafés = una vieja ridícula.

—Todo menos eso, to-do —murmurará mientras saca el dedo meñique de su boca y así evita arruinar el manicure que se hizo hace tan poco.

Camisa blanca de seda + falda azul + tacones negros = CuchiBarbie.

No era el día de ser una rompecorazones.

Camisa magenta de algodón + falda gris + tacones negros = no poder respirar en todo el día.

Negará con la cabeza. Tendrá que empezar de nuevo.

―¡No, no, no, mierda, no! ¡Me va a tocar ir en chanclas!, Jesús, ayuda.

Se angustiará, deseará gritar, querrá despertar a Carla para que le preste esos tacones negros de piel de serpiente que se compró en New York. Querrá ir a la nevera y destapar la cerveza alemana que le trajo Rosa María de su viaje por Europa solo para demostrarse que ya ha superado los días oscuros y las horas terribles y que el regalo sí le gustó y que el «gracias» que le dio fue sincero. Se contendrá. Cuando note su respiración agitada recordará la técnica de respiración del dragón que le enseñó Nina, su profesora de yoga en las primeras clases (cuando aún iba en sudadera y una camisa vieja), e irá a su lugar feliz: Costa Alegre. Tomará aire… El olor de la comida que doña Mati le traía todas las mañanas, el bikini rojo que en esa época le quedaba tan bien, la luz del sol colándose por las cortinas en la mañana, la arena pegada en la planta de los pies mientras veía los barcos luchar contra el oleaje, las sandalias blancas que Roberto le había traído de Italia específicamente para que las usara en ese viaje.

―Bueno, Julia López, tú puedes con esto, tú eres más grande que esto, vamos.

Se levantará de la cama al baño, orinará con los ojos cerrados, se echará agua en la cara y mientras se seca pensará de nuevo en Costa Alegre. Volverá a la habitación y empezará todo de nuevo.

Camisa magenta + falda negra + botas cafés = principiante.

Falda morada + camisa blanca de seda + zapatos de piel de serpiente = imposible, Carla nunca le iba a prestar esos zapatos.

Camisa morada + falda satinada + tacones cafés = Roberto le diría que se ve linda y la besaría antes de llevar a Carla al colegio. Ambos irían a comer a un buen restaurante y hablarían de su día de trabajo recordando de cuando en cuando su viaje a Europa…

Sacudirá la cabeza, mirará el reloj: en dos horas tendrá que estar frente al doctor; en una, tendrá que estar de camino. El carro estaría bajito de gasolina, y seguía sin elegir el atuendo. Notarían que era una principiante, dirán que se notaba, que le pesaba el divorcio y que a los cincuenta todas las mujeres empiezan a funcionar mal porque les llega la menopausia, harían chistes sobre ella en la cafetería y antes de que se diera cuenta estaría de nuevo como informadora en la sucursal de Kennedy.

Se levantará de la cama. Se volverá a acostar y se pondrá una cobija alrededor de los hombros, mirará las prendas, oirá con desesperación los pájaros fuera de su ventana.

FALDA AZUL + ¿CAMISA BLANCA? + TACONES NEGROS = ¿?

FALDA GRIS + CAMISA MAGENTA ¿+? TACONES NEGROS = ¡¿?!

FALDA NEGRA + CAMISA BLANCA+ TACONES NEGROS = ¡!

Oirá a Carla moviéndose en la cama. La luz del sol se reflejará en el espejo del baño. Su despertador sonará.

6:30 am.


Alejandra Urueña.