© Historias que me cuento - 2019

El niño

Me han llamado de nuevo de la escuela de Lorenzo, apenas me acomodo las gafas y leo el nombre de la tutora en el teléfono, se me ponen las manos coloradas y el pitico en el oído se me alborota un poco. Dejo los materiales en la mesa y le digo a Helena que muchas gracias, pero que el niño me necesita y me tengo que ir. Helena mira por encima de los lentes y pregunta que si otra vez y opta por la prudencia forzada, porque yo sé que le cuesta no mostrar el malestar que le provoco cuando por mi culpa se interrumpe la clase de arte country, de pintura en vidrio, de origami o de alguna de las pendejadas que se le van ocurriendo para mantener la escuelucha que tiene.

Salgo del local en Galerías, me voy poniendo el abrigo mientras miro para atrás a ver si un taxi me lleva; por suerte, la escuela del niño está cerca y sé que el dinero me alcanza. Chiflo con algo de dificultad pero es así es como paro el carro. Le indico por dónde y arranca puente arriba. Hay trancón, como siempre en Bogotá en los albores de la noche; pienso qué diré esta vez para disculparme con la profesora y la familia del otro niño y voy algo mareada por el ambientador de manzanas y canela que lleva el conductor, no tanto por la situación con la que me voy a encontrar más tarde: esa ya es paisaje.

Cuando quedé embarazada de Lorencito, pensaba que los mareos y las náuseas eran los saludos prematuros de la menopausia. Mi esposo fue el que me acompañó al hospital y dejó la mandíbula de rastras cuando el doctor nos dijo lo que ocurría: «Señora Silvia, está esperando un hijo. Tiene ocho semanas de embarazo». Yo acababa de cumplir cuarenta y nueve años de edad y veinte ocho de casada, de los cuales al menos veinte, los invertí en buscar un hijo que me agarraba fuera de base en un momento en el que la gente me preguntaba ya por los nietecitos.

El médico, un muchacho que parecía estar haciendo la residencia, me explicó que los riesgos eran inminentes y llamó a una trabajadora social; entre los dos me llevaron, junto con mi esposo, a una oficinita de paredes amarillo triste en donde apenas si pudimos acomodarnos los cuatro. El doctor se fue en cuanto tuvo aval a través de un gesto que la trabajadora social le hizo con la mano derecha llena de anillos de fantasía. Eivis Lozano, como se llamaba, empezó explicándonos que todas las mujeres venían con un paquete de óvulos: «al pasar de los cuarenta años las probabilidades de gestar caen así como la calidad de esos ovulitos con los que venimos, doña Silvia». Yo la miraba a los ojos, asentía y a veces me ausentaba, pensando en cómo respirar de forma que no percibiera su aliento de café revuelto con perfume floral de catálogo.

Volví en situación cuando la vi levantarse y moverse con dificultad por el espacio para alcanzar un folleto forrado en plástico y con algo de polvo, en el que había una lista de riesgos para embarazos después de los cuarenta. No pudo alcanzarlo, entonces le pidió el favor a mi esposo que miraba sin mirar por entre las persianas: «Don Ricardo, ¿sería tan amable?, es que con esta altura…». Le tuve que tocar el codo para que espabilara y bajara el folleto de un archivero que tenía al lado. En el dichoso brochur como también lo llamó Eivis, había una lista de situaciones espantosas como abortos espontáneos y anomalías congénitas; en los otros numerales se leían cosas como partos prematuros, problemas cromosómicos, hipertensión, diabetes y, cerrando, pusieron un gráfico compuesto por cien mujercitas dibujadas en dos colores. Las rosadas eran poquísimas, como quince; la trabajadora social me explicó que ese era el número de mamás con más de cuarenta años que tenían hijos saludables, las otras, las rojas, representaban el promedio de mujeres que podrían tener un hijo con retrasos mentales.

Salimos del hospital como a eso de las seis de la tarde. Le pedí a Ricardo que me llevara a la capillita detrás de la casa. No hablamos en el carro, él no prendió el radio, yo le pedí que paramos antes en el supermercado. Entramos juntos a la capilla, nos sentamos frente a la imagen de la santísima virgen del Carmen, le dejé las astromelias que había comprado, me arrodillé y empezamos a llorar los dos. Ricardo me levantó y me abrazó, yo me separé rápido, lo miré a la cara y le dije que era un milagro, un milagro de la Santa Madre.

El taxista también tiene una virgencita colgando del retrovisor, me pregunta que si hacemos la oreja o me deja en el puente peatonal. Yo, que tengo afán, le digo que en el puente, la rodilla todavía me deja subir por la rampa. Le pago y antes de bajarme le recomiendo que abra las ventanas o que se compre un ambientador menos vulgar, le oigo decir algo entre dientes y cierro con fuerza la puerta. Voy atravesando el puente rápido como cuando Lorencito iba a las citas de odontología y me tocaba pasarlo vendado y decirle que íbamos a jugar a la gallinita ciega y que después él podría ponerme la venda a mí, en la casa. Llegábamos a la sala de espera y tenía que darle plastilina para que dejara de golpear las sillas con los pies y, en cambio, se quedara como en un estado hipnótico amasando, todavía con los ojos vendados, dos cilindros de plastilina verde.

Sandra Talero, la odontóloga, ya sabía cómo era todo; fue la única que se aguantó las rabietas de Lorenzo hasta los diez años sin decir mucho, sin dedicar miradas iracundas. Hacía su trabajo de manera eficiente y nos entendía porque ella misma tenía un tío con retardo mental, alguna vez me comentó. Hoy podemos decir que el niño tiene una dentadura bella gracias a Sandrita, se sonríe tan lindo que yo he visto cómo a veces las muchachas se quedan viéndolo porque aun cuando el mes que viene va a cumplir veintiocho años, apenas si se le nota que razona como un infante de siete y que tiene un mal cognitivo.

Voy llegando ya a la portería del colegio y no hay nadie cerca. El vigilante me reconoce y me saluda, luego me abre la puerta y sigo hacia el fondo por un pasillo con paredes de ladrillo en el que todavía están colgados los proyectos de arte de los estudiantes: hay mariposas con tempera y árboles hechos con papel reciclable, también hay retratos y carteleras sobre el amor por los demás y por sí mismo con imágenes de niños haciendo rondas y abrazándose unos a otros.

Cuando entro al salón no veo más que a la profesora mirando hacia la ventana y golpeando la punta del pie contra el piso. El lugar tiene un aroma fuerte a cloro y jabón de pisos; todavía veo manchas de humedad por donde han pasado el trapeador. Las sillas están debajo de las mesas, todo yace en quietud, tan diferente de su estado natural con pequeños caos ocurriendo por cada metro cuadrado. Yo reviso por los rincones para verificar si es que Lorenzo se me está escondiendo porque presiente que el regaño es inevitable. Siempre lo hace, pero esta vez no lo veo por ningún lado. La profesora ve mi reflejo en el cristal, se voltea y me saluda: «Señora Silvia, ¿cómo me le va?». Lleva una mueca extraña en la cara y se mira mucho las manos. «Pensé que se iba a demorar más».

Me pide sentarnos y nos quedamos un rato en silencio; está buscando las palabras como si las tuviera enredadas en un nudo detrás de la campanilla. Cada vez que va a empezar una frase, se detiene, me mira, exhala y retoma la intención pero desecha los sonidos que ya salieron de su boca. Yo, por ahora, no he captado nada. La profesora se resuelve dentro de su cabeza y me toma de las manos y, entonces, me abofetea la verdad: hoy ha sido diferente, hoy Lorenzo hizo algo que nunca había hecho. Algo, al parecer, más grave.

No como la vez que hizo la primera comunión, que además fue harto difícil de conseguir porque el padre Jorge no creía que Lorencito pudiera hacer el curso con los demás niños y más o menos tenía razón pues les doblaba la edad y no había ido a otra escuela que no fuera su escuela. Por eso cuando el padre y la catequista me citaron el siguiente domingo después del inicio del curso, yo ya sabía por dónde iba la cosa: «Señora Silvia, Lorenzo no se adapta, ha mordido a casi todos los niños, inclusive, mire, la profesora Ana también sufrió un ataque. Tal vez usted no lo sepa, pero Dios puede hacer excepciones, no es necesario que todos cumplamos con todos los sacramentos… de la misma forma. Si usted y su esposo quisieran, claro que eso deben hablarlo con mi asistente —pues por lo de las fechas y la ofrenda— yo podría oficiar un servicio solo para Lorencito sin que tuviera que pasar por todas las clases y exámenes, sabemos que el señor en su infinita sabiduría no lo hizo como a nosotros, él es… un inocente».

Ese día el niño se veía tan lindo, tan elegante. Ricardo lo había ayudado a vestir ya que por su enfermedad tuvo que quedarse en la casa, y para mí era demasiado cargar con Lorencito y mi marido, su silla de ruedas y su bala de oxigeno hasta la iglesia. Eso sí, Lorenzo, Ricardo, su bala, la silla y yo salimos en todas las fotos. La comida la organizamos junto a mi hermana Mary que todavía tenía su casa de banquetería y llevó meseros y un menaje divino que todavía conservo como regalo de esa ocasión.

Los primos de Lorenzo le llevaron regalos y salieron a jugar al patio con él. Yo me quedé con mis hermanas menores conversando de los niños y el colegio. Mis sobrinos estaban entre los ocho y los doce años, así que podían entenderse algo con Lorencito que entraba a los quince en cuerpo y a los cuatro en mente. Yo andaba guardando lo que quedó del ponqué en la nevera cuando escuché el grito de Maryluz, corrí de inmediato advirtiendo que todos se habían dirigido al cuarto de ropas. Cuando logré entrar, estaba Mary cargando a Brenda, su hijita, que lloraba de manera tal que, a Ofelia, mi otra hermana, le tocó aventarle agua en la frente para que recobrara el aliento y se le fuera el color morado de la cara y las manos.

A un lado de la lavadora estaba Lorenzo con la camisa por fuera y el pantalón y la chaqueta mojados riéndose como si nada de lo que estaba pasando alrededor realmente estuviera aconteciendo. Al parecer —a mí no me consta— el niño había encendido la lavadora y había querido meter a Brenda de cabeza. Cuando le pregunté si lo había hecho, él me respondió: «Los viernes lavamos la ropa, las brendas delicadas primero».

Ricardo se nos fue pocos días después de eso, al menos vio al niño como todo un caballerito y nunca se enteró del zafarrancho porque apenas repartimos la comida lo llevamos para la habitación. Desde hace ya varios años ando yo sola con el niño, viviendo de la pensión de Ricardo y del desprecio soterrado de mi familia que no deja de mandarme mercados a la casa para evitarse la molestia de volver o saludarnos.

La profesora de Lorenzo me dice que todo está bajo control, pero que es necesario que vayamos al hospital, que el niño está bien. Veo cómo ella se pone la chaqueta y se tercia un bolso, pienso que podría ser mi hija. Yo sigo sentada en la mesa, entonces ella se me acerca y me toca un hombro; es hora de irnos. Cuando llegamos al hospital, nos encontramos con la familia de una de las compañeritas de Lorencito. La mamá se da cuenta de que he llegado y se enfila hacia mí, pero un muchacho, que parece ser su hijo, la detiene y sus pupilas se enfocan en cómo vengo arrastrando los pies, ella evacua el aire caliente de sus pulmones y se lanza a una silla con las manos en la cabeza. Yo sigo sin entender de nada, pero por si acaso reviso el pasillo buscando la policía, no veo a ningún oficial.

Una enfermera sale de uno de los cuartos y me pregunta si soy la acudiente de Lorenzo Andrade, le digo que soy su mamá, me dice: «Madre, por aquí. Tuvimos que darle calmantes porque venía muy alterado, pero él está bien, no tiene ninguna lesión ni herida». Está en una camilla, dormido. Lo inspecciono y tengo que secarme los ojos varias veces porque las lágrimas se me desgajan con facilidad. Todo está en orden, le tomo la mano y me la llevo a una mejilla, percibo el aroma violento y oxidado de la sangre, me doy cuenta de que tiene las uñas color marrón como si hubiera escarbado la tierra por horas o hubiera rasguñado a alguien con furia.

Salgo con la profesora, que sigue ahí sin que realmente tenga que hacerlo. Me espera con un té en un vaso desechable. Por fin tengo el valor de preguntarle qué fue lo que sucedió; es probable que ella ya me lo hubiera dicho, pero no recuerdo ni siquiera cómo fue que llegamos aquí: «Señora Silvia, Lorencito estaba trabajando con Laura en un ejercicio de reconocimiento, les pedí que tomaran un poco de pintura azul e hicieran un punto en la mano derecha y así con otras partes del cuerpo y otros colores. Yo me ocupé unos segundos de una pareja que estaba en el costado opuesto a ellos, y lo siguiente que recuerdo es que Lorenzo estaba encima de Laura diciendo que el rojo en las mejillas, de manera repetitiva y a gritos mientras le clavaba los dedos en la cara con insistencia. La dejó inconsciente porque yo no pude separarlos tan rápido como hubiese querido, Lorenzo es un hom… niño fuerte, señora Silvia».

Han pasado las horas y desde hace un par Lorenzo está despierto, la madre de Laura me ha escuchado todo lo que he creído importante decirle para persuadirla de no ir a otras instancias, pero no he merecido de su parte ni siquiera una mirada de madre a madre. Nos han informado que Laura ha salido bien de la cirugía, que no se ha necesitado la segunda bolsa de sangre para la transfusión y que ahora está en observación.

La profesora, que se quedó con nosotros hasta la mañana, se despide porque debe ir a trabajar, le agradezco y le doy un abrazo sincero. La familia de Laura apenas si la voltea a ver. La enfermera, viene a buscarme para decirme que Lorenzo ya puede salir, pero que es mejor que yo entre y lo ayude a vestir porque no quiere dejarse tocar de nadie. Entro rápidamente y él se me abalanza, tengo que sostenerme de una mesa para evitar caer de espaldas. Me arrodillo para ponerle los zapatos y mientras tanto le ordeno que se abotone la camisa. Lo peino con el cepillo que llevo en mi cartera y le subo la cremallera de la chaqueta bien arriba para que no se vean las manchas de sangre seca que lleva en el pecho.

Le doy un juguete que siempre llevo conmigo, un muñequito de crochet que le tejí hace un tiempo en uno de los talleres que da Helena. Se entretiene arrodillado en el piso con los brazos sobre la camilla. Yo me asomo con discreción por un espacio de la puerta y me doy cuenta de que afuera está solo el hermano de Laura, pero está dormido con la boca abierta y un saco de mujer en las piernas, entonces levanto a Lorenzo del suelo, le prometo llevarlo por un helado si se porta juicioso y no hace ningún ruido al salir.

Hacemos el papeleo en recepción, veo de lejos a la enfermera y me despido de ella con un movimiento cauto. Salimos por el pasillo larguísimo del hospital y tengo que halar a Lorenzo por un brazo para que ande más rápido y no se distraiga con la gente enferma, las máquinas, las sillas y las ambulancias que van llegando. Cuando por fin llegamos a la avenida, miro el reloj y ya son las siete de la mañana, no me queda dinero para el taxi, pero recuerdo que por aquí pasa un bus verde de letrero amarillo que nos deja en Cedritos, cerca de la casa.

Tenemos suerte, viene una de esas busetas y nos para. Subir es difícil, no recordaba que las escaleras fueran tan empinadas ni que mi hijo fuera tan pesado y alto. Algunas personas que me ven subir de últimas me ayudan mientras Lorenzo se queda en la mitad del pasillo y alista el berrinche. Paso rápido el billete y no me importan las vueltas, me giro para ver cómo puedo ubicarnos de manera que no sea tan difícil bajarnos después. El bus está lleno, pero logramos llegar al frente de una de las sillas azules en donde va un universitario al que le pido encarecidamente que me ceda el puesto. El muchacho me ve y en un gesto rápido se acomoda la maleta y se hace a un lado agarrándose de la barra del techo. Sujeto a Lorenzo del puño de la chaqueta y hago que se siente, mientras yo me voy moviendo con los oficinistas y los estudiantes en diminutos pasos hacia la puerta de atrás.

La gente nos mira alarmada porque Lorencito empieza a lloriquear, preguntando por mí: «¿Mami, mami?». Le respondo que voy atrás, que no puede verme pero que sigo dentro del bus. Siguen subiéndose más personas, el bus frena con violencia y en esos frenazos Lorenzo se despierta del encanto de la ventana y de nuevo comienza a llamarme: «Mi mamá, mamiiii, mi mamá es Silvia». Yo le grito desde detrás de la muchedumbre y la nube de perfumes: «Acá voy, tranquilo».

El brazo me tiembla, pasamos por un deprimido y en la oscuridad puedo ver mi reflejo en el vidrio manchado de la buseta. Estoy horrible, parezco sucia, llevo las ojeras amoratadas y los labios resecos, estoy agotada, agotada como nunca. Alcanzamos la luz otra vez, la muñeca me arde y ya no siento el brazo que llevo pegado a la barra de arriba; Lorenzo vuelve a gritar, saco la cabeza por la mitad de las dos filas de cuerpos en el pasillo y le digo: «Eres un hombre, sé fuerte como un hombre, no me llames más». Pocos minutos más tarde, una mujer entaconada timbra, la puerta se abre y yo me bajo del bus detrás de ella.



Claudia Patricia Valero