© Historias que me cuento - 2019

Los penetrantes ojos azules de L.B. Jefferis

Pensemos en la situación de Jeff: hoy se cumplen seis semanas de la incapacidad que le han dado por romperse su pierna en el trabajo. Jeff es fotógrafo: intrépido, arriesgado e ingenioso; aunque su condición lo ha recluido en un departamento de dos habitaciones que, a manera de barrotes, guarda la puerta con tres escalones que su silla de ruedas no tiene ninguna oportunidad de sortear. Aburrido, no le queda más que mirar por la ventana hasta aficionarse a la vida de sus vecinos; hasta que su mirada llega a cierta paradoja: en su reclusión, nuestro protagonista se convierte, por fuerza, en un vigilante. La maqueta de Rear Window es tendiente al panoptismo; e incluso, podemos afirmar que el filme de Hitchcock es un cuadro estético del modelo disciplinario de poder del mundo moderno.

Para llegar a tal punto vamos a categorizar las escenas de la película en tres secciones diferentes: la preinscripción de la individualidad, el diseño arquitectónico, y la vigilancia y el castigo.

Volvamos a la trama. Jeff observa desde su ventana todos los movimientos del amplio espectro de vecinos: desde los pasos de baile de Miss Torso hasta las obras de arte que crea Miss Hearing Aid. Se interesa y se compromete con sus vidas, se inmiscuye en sus asuntos, y hace apreciaciones y conjeturas de lo que no alcanza a ver. Su rutina empieza a estar sujeta a la vigilancia.



En este marco aparece el primer giro dramático de la película, que nos da luces para hablar de la primera sección que más arriba se ha mencionado: Mr. Lars Thorwald (menciono su nombre por cuestiones de claridad, aunque en este momento de la película Jeff todavía ignora su nombre), uno de sus vecinos del frente, casado con una mujer enferma con la que no tiene buena relación, sale de su casa con una maleta de ventas a las tres de la mañana, en plena lluvia. Este acto extraño despierta la curiosidad de nuestro protagonista, pues empieza a sospechar que su vecino asesinó a su esposa. Tanto nosotros, espectadores, como los personajes cercanos a Jeff, podremos juzgar su conjetura como una manifestación paranoica, inverosímil, estúpida; pero ubiquémonos conceptualmente en las ideas del panóptico para recordar que este, como todas las otras manifestaciones de poder, se dispone en torno a lo anormal.

En la dinámica moderna de las separaciones múltiples y de las distribuciones individualizantes, la disciplina juega el papel de alienar a los sujetos dentro de concepciones éticas que normalizan las acciones, los discursos y los pensamientos. Por lo tanto, podemos dar cuenta de cómo el modelo disciplinario de alienación automatiza el poder: la acción anormal de Mr. Thorwald no solo despierta la curiosidad de Jeff, lo cual le da paso a activar una vigilancia constante, sino que asume, de forma directa, que tal falta a la disciplina es motivo de castigo (debo constatar que cuando hablo de castigo me refiero expresamente a lo judicial, pero este apartado será tratado más adelante).


Expuesto esto es necesario que hagamos un paréntesis sobre este carácter automático de la vigilancia con el fin de no generar malentendidos en cuanto a la prescripción disciplinaria de la que hablamos, aunque rompamos el carácter lineal con el que hasta el momento hemos trabajado la narrativa del filme. Es importante destacar que entre el acto anormal de Mr. Thorwald y el aumento de la curiosidad y de la vigilancia de Jeff no hay una pregunta por lo ético. La sospecha y las conjeturas aparecen de una manera automática, sin una reflexión moral que las movilice. Examinemos esta escena desde el dispositivo de poder: la prescripción individual del ser hace que la vigilancia de lo anormal sea automática. La alienación no permite que Jeff se pregunte por la ética de su vigilancia en el momento en que esta emerge. Jeff deja de ser un sujeto crítico: el poder lo automatiza, y hace que juzgue inmediatamente lo anormal.

De hecho, el cuestionamiento ético a la vigilancia llega mucho después de esta primera escena. Es Lisa, la pareja del protagonista, quien apela a un proverbio de la biblia y acaba por cerrar las cortinas luego de debatir con Jeff si lo que están haciendo es correcto o no. Sin embargo, ya es demasiado tarde: el poder ya ha actuado sobre ellos y ya se han inmiscuido en los asuntos de su vecino.

Aun así, la automatización no es la única característica de este modelo. El poder de la prescripción es tal que llega hasta las acciones y los detalles más minuciosos del individuo. De ejemplo están todas las pruebas y el aparataje lógico de Jeff, Lisa y Stella: todo se basa en el principio de la anormalidad. Pensemos en la prueba maestra que descubre y consigue Lisa: Mrs. Thorwald no lleva su anillo de bodas a su supuesto viaje. Pero ¿cómo esta afirmación puede descubrir un crimen? Pues bien, en un mundo en el que la vida comunitaria deja de existir, el poder tiende a individualizar y categorizar al ser humano hasta los detalles más nimios de su existencia, y es esta alienación lo que permite su vigilancia. El individuo de Mrs. Thorwald se categoriza como ‘mujer casada’ y de la mujer casada se espera como normal su devoción al matrimonio y la abnegación a su esposo; una simple fractura de este canon social amerita la vigilancia inmediata, por considerar que la anomalía es el inicio del crimen. Esto, al fin y al cabo, no supone otra cosa que la privación del derecho a la diferencia, y por lo tanto, a la libertad.

Sin embargo, el modelo de poder que aparece en Rear Window no depende únicamente de la prescripción. Alfred Hitchcock no solamente extrapola narrativamente los conceptos que Foucault sistematizará a través del panóptico, sino que se remite a la misma fuente del filósofo francés: el modelo carcelario de Jeremy Bentham.

Hacia finales del siglo XVIII, el filósofo utilitarista Jeremy Bentham plantea la estructura panóptica; una construcción en forma de anillo, dividida en celdas, que en su centro tiene una torre de vigilancia, ubicada en un nivel superior y a una distancia prudencial del anillo. Esta permite ver cada uno de los segmentos; e impide, a su vez, que los presos comprueben si están o no siendo observados. Este modelo carcelario tiene dos objetivos: aislar al preso, de manera que este no tenga contacto con sus semejantes e inducir al detenido a un estado consciente y permanente de visibilidad, que garantice el funcionamiento automático del poder (Foucault, 2002).

Echemos un vistazo al entorno de Jeff: vive en un departamento de dos habitaciones que hace parte de una vecindad. Su vista no se compone de algo más que de las ventanas, patios, balcones de sus vecinos; y de la pequeña entrada del complejo, en la que se vislumbra la calle en un plano posterior. La vecindad es un pequeño anillo en el que cada habitante puede ver la ventana del otro, un espacio compacto en el que el poder se ejerce por entero.

Podríamos argumentar entonces que Rear Window no tiene una torre de vigilancia; pero puede pensarse también de la siguiente manera: en este complejo de ventanas, cada vecino sabe cuál es la ocupación del otro, sabe su historia y conoce a grandes rasgos su rutina. Sabe, además, que ninguno de sus vecinos pertenece a una organización de vigilancia estatal, sabe que no hay ni policías ni detectives. Para cada uno, el otro es solo su vecino y ya; todos tienen el mismo nivel de poder. Sin embargo, cada uno espera que el otro se comporte de manera normal, de acuerdo con sus prescripciones sociales, con el fin de garantizar el orden. En esta vecindad todos están enfrentados, cada uno puede ver al otro y ser visto; pero es difícil descubrir si uno está siendo vigilado y aún más averiguar por quién. Prueba de esto es el comportamiento de Mr. Thorwald después de la noche del asesinato: tiene que limpiar su maleta, la sierra y los cuchillos, desaparecer cuanto antes la evidencia; pero no cierra las cortinas de su casa para tal fin. Sabe que esto sería un comportamiento anormal y sabe que si hay un vecino vigilándolo, puede empezar a husmear más adelante en el significado de estas persianas abajo. Mr. Thorwald sabe que puede ser visto pero no puede determinar por quién, y debe actuar de forma alienada para no ser objeto de vigilancia. Este es el punto más importante de la arquitectura de la película: el saberse posiblemente vigilado y por lo tanto obligado a seguir la disciplina que tiene prescrita es muestra de la automatización del poder y de la garantía del orden.

Podemos inferir entonces que poco importa quién ejerce el poder. Como el vigilado no puede descubrir quién es concretamente quien lo observa, cualquier persona puede hacer funcionar la máquina de la vigilancia. El panóptico no solo automatiza el poder sino que lo desindividualiza, pues inserta a los vigilados en una situación en la que ellos mismos son vigilantes. El poder tiende a lo incorpóreo, y cuanto más se acerca a este límite más constantes, profundos y prolongados son sus efectos (Foucault, 2002).

De hecho, es fundamental lo incorpóreo para el modelo disciplinario; pues si el vigilante es descubierto, el dispositivo falla. El último giro dramático del filme —que incluso cambia la estética cinematográfica— nos sirve de ejemplo para este postulado: Mr. Lars Thorwald descubre que es Jeff quien lo ve, quien ha vigilado sus movimientos y quien conoce su secreto. Con un vigilante situado, el dominado tiene contra quién rebelarse; Jeff deja de ser omnipotente y omnipresente: el poder se personifica y se vuelve vulnerable.


Lo que más nos interesa de todo esto es que el mundo de Lisa, de Thorwald y de Jeff no es muy distinto al nuestro. El panóptico, tanto allá como acá, es un modelo generalizable de funcionamiento, una forma de definir las relaciones de poder con la vida cotidiana de los hombres (Foucault, 2002).

Hay dos características que lo verifican: por un lado, que el panóptico tiende a amplificarse. Este modelo no se limita únicamente a las instituciones, a las penitenciarías y a las fábricas; sino que disemina focos de control a lo largo y ancho de la sociedad. La vecindad de Jeff es un ejemplo de esta nueva anatomía política, cuyo objeto y fin no son las relaciones de soberanía sino las de disciplina. El poder desinstitucionalizado empieza a circular en estado libre.

Además, el panóptico permite intervenir en cada momento y con una presión constante sobre los hombres y las mujeres. El dispositivo de la disciplina-mecanismo mejora el ejercicio del poder: lo vuelve más rápido, más ligero, más eficaz; se basa en las coerciones sutiles (Foucault, 2002). El dispositivo es el encargado de que Lars Thorwald, con las ventanas arriba, le permita ver a nuestro vigilante protagonista una de las pruebas más importantes para la rectificación de sus sospechas.

Estas son nuestras dos transversales: la prescripción individual y el modelo arquitectónico de la disciplina. Ubiquemos, pues, en este plano, la acción de la vigilancia y del castigo en Rear Window.

En el filme se pueden encontrar dos tipos diferentes de vigilancia, que están separados narrativamente por la anomalía disciplinaria de Lars Thorwald. Durante las primeras escenas, la vigilancia de Jeff no tiene ningún otro objetivo que la del disfrute, la del morbo o la de pasar el tiempo durante su invalidez. Realmente, para el modelo de poder es indiferente el motivo que anime al vigilante. Cualquiera puede ejercer esta labor, porque en cuanto este detecta una anormalidad, como es el caso de Jeff, su motivo cambia automáticamente, se inmiscuye hasta la misma cuna de la indisciplina para castigarla, subsanarla, y así restaurar el orden.

Sin embargo, no es el vigilante quien impone el castigo. La vigilancia, como ya mencionamos antes, fluye en estado libre; mientras que el castigo está esencialmente ligado a la institución judicial. Mientras la primera está representada a través de Jeff; la segunda es propia del detective Doyle, y aunque estos dialogan, tienen unos campos de acción diferentes y delimitados.

En este dispositivo moderno la policía ya no representa el poder de la soberanía; se convierte más bien en un aparato coextensivo al cuerpo social entero. De esta manera, Doyle terceriza la acción de la vigilancia; la vuelve anónima y permanente para apropiarse nuevamente de ella cuando el crimen esté identificado. Su carácter anónimo le permite actuar sobre todo lo que pasa, hacer todo visible a condición de volverse invisible. Y así, la modalidad de vigilancia panóptica no está bajo la dependencia inmediata de las grandes estructuras jurídico-políticas, pero no es absolutamente independiente de ellas (Foucault, 2002).

Así, mirar, una actividad de ocio, perteneciente en principio al tiempo libre (e inclusive, como bien lo expresa Stella en la primera conversación que tiene con su paciente, Jeff, es mal visto, y hasta judicialmente condenable) se convierte en vigilancia. Aunque en la reflexión se descubra ilícito, antiético, verde, entrometido o conspiranoico; en la acción, gracias a las características prescritas del individuo, es netamente automático. Analicemos una de las visitas del detective Doyle a Jeff, en la cual este queda maravillado al ver los movimientos de baile de Miss Torso y es amonestado por su conducta. Ahí está la perfección del panóptico: la prescripción negativa que los personajes tienen del voyerismo es fundamental para que el poder se desindividualice, pues el vigilante nunca quiere ser descubierto.


Sin embargo, la acción de la vigilancia cambia su valor moral de manera drástica cuando se descubre una anomalía. La línea entre el voyerismo y la vigilancia, de actividad de ocio a labor social, es la anormalidad. En este momento, Jeff intenta convencer a su círculo social de su sospecha aunque se declare a sí mismo como voyerista. Busca, como bien lo explicaba Hannah Arendt, que la presencia de otros vea lo que él ve y oiga lo que él oye, para que se asegure la realidad de su planteamiento y de sí mismo (Arendt, 2009). En este modo de la vigilancia, ya enfocado en la disciplina y no en el morbo, el protagonista se inmiscuye en los pensamientos del vigilado hasta que se borran los límites entre la esfera pública y la esfera privada.

Entonces, aceptamos como cierto que lo que generaliza el poder de castigar no es la consciencia universal de la ley en cada sujeto de derecho; es, en cambio, la trama infinitamente tupida de los procedimientos panópticos (Foucault, 2002). La acción de la vigilancia es más efectiva que la del castigo; pero este último la utiliza como medio para dirigir el poder hasta el fondo del individuo.

Rear Window no solo nos cuenta la historia de Jeff, de Lisa, de Stella y de los Thorwald; nos cuenta la historia del dispositivo de poder del que somos a la vez víctimas y portadores. Toca nuestras fibras más humanas: nuestro instinto voyerista, nuestra individualidad, nuestra paradoja moral y nuestra automatización del poder, que bien lo describiría Foucault veinte años después.


Santiago López



Referencias

Arendt, H. (2009). La condición humana. Buenos Aires: Paidós.

Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión. Buenos Aires: Siglo XXI Editores Argentina.

Hitchcock, A., Katz, J. (productores) y Hitchcock, A. (director). (1954). Rear Window [Cinta cinematográfica]. EU.: Patron Inc.